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Las claves de Israel para el manejo eficiente del agua

La mayor parte del consumo de los hogares proviene de plantas de desalinización, agua que luego se limpia y reutiliza para el riego agrícola altamente tecnificado.

(El Mercurio) El sol del desierto de Negev pega fuerte. Casi no hay rincones con sombra. El aire es tibio y el suelo es beige, casi blanco, lleno de piedras, sin flores ni camellos o cualquier otra imagen de postal. A lo lejos, al pasar en un bus, en el borde del camino se divisan algunos corderos y un niño arriba de un burro que los guía. El paisaje es amarillo, pero de pronto comienza a taparse por zonas verdes, que parecen grandes oasis de viñas, mangos, naranjos, granadas, duraznos.

Hace diez años el paisaje no era igual. Los pocos cultivos que se veían en ese mismo camino por el desierto de Negev -según explican quienes lo conocieron- eran de algodón y otros cultivos de menor valor, porque la poca disponibilidad de agua no les permitía dedicarse a otra cosa.

“Hicimos un gran cambio. Éramos productores de papas y ahora producimos granadas, carozos y jojoba. Llevamos cinco años en este rubro y queremos seguir cambiando. Nos gustaría producir almendras, pecanos o uvas para hacer vino a futuro”, comenta Yigal Abtabi, quien administra la producción de una comunidad de agricultores en la que obtienen dos mil toneladas de granadas al año, las primeras que se plantaron en Israel.

Por ellas recibe unos US$ 58 por caja, una rentabilidad diez veces mayor a la de las papas, asegura. Es un cambio que pudieron hacer gracias a que para regar pueden utilizar el agua tratada que proviene de las ciudades e industrias, la que les permite plantar casi lo que quieran, con la diferencia de temperaturas entre el día y la noche como única limitante.

Los cambios que ha implementado Israel desde hace diez años, luego de una de sus peores sequías que significó recortes de 50% en el agua para el área agrícola, no solo se han traducido en nuevas oportunidades para el sector, sino que han llevado a que sus habitantes dejen de depender de las lluvias para producir. Tanto, que ahora deben preocuparse de hacer campañas de televisión para que las personas recuerden que nuevamente están en un período de escasez de agua, que en el día a día no se nota.

También se ha transformado en un modelo de exportación, y a mediados de septiembre de este año realizarán una nueva versión de la feria Watec para mostrar los nuevos avances en el uso y manejo eficiente del agua, que este año por primera vez incorporará un día completo destinado a las autoridades de distintos gobiernos, para debatir en torno a la regulación

La primera acción que tomó en su momento el país fue reorganizar las instituciones relacionadas con el manejo y distribución del agua y fijar una sola cabeza a cargo del tema, además de precisar que el recurso es propiedad de todos, con un marco regulatorio claro. Pero lo más llamativo, quizás, es la construcción de plantas de desalinización de agua del mar Mediterráneo, que hoy generan casi el 80% del agua que se consume en el país, la que después se recicla y vuelve a utilizar para el riego.

Ese riego, además, es altamente tecnificado

“Solo el 10% del agua se usa en los hogares, y el 70% en la agricultura. Si ahorramos el 15% en ese rubro podemos duplicar el volumen disponible para el consumo humano a nivel mundial. Y si queremos ahorrar agua en la agricultura, estamos hablando de regar mejor”, asegura Nati Barak, el gerente de sustentabilidad de Netafim, la compañía israelita que inventó el riego por goteo y que hoy tiene 28 filiales en otros países.

Así, si a nivel mundial la superficie agrícola que cuenta con riego alcanza al 20%, con la cual se produce el 40% de los alimentos en el mundo, aun cuando solo el 5% corresponde a riego por goteo.

En Israel, donde el 60% de sus tierras es desierto, el 75% de los suelos agrícolas tiene tecnología para irrigar, como parte de un ciclo completo de uso eficiente del agua, que también tiene a la educación e innovación como piezas clave.

Obtener agua del mar

Hasta hace pocos años, en todos los noticieros de Israel, todos los días, aparecía un informe sobre la altura del mar de Galilea, que era la principal fuente de abastecimiento de agua potable, y que el año pasado alcanzó uno de sus niveles más bajos debido a la falta de lluvias.

Sin embargo, con los cambios introducidos en el manejo y la distribución del agua, el nivel del mar de Galilea ya no es un motivo central de preocupación.

Hace trece años, el 3% del agua que se consumía en Israel provenía de plantas de desalinización; en 2010 la cifra llegó al 30% y este año, bordea el 80%. Es decir, de los 2,1 millones de metros cúbicos que se consumen al año en ese país, 1,68 millones provienen del Mediterráneo.

El 20% de esas aguas se generan en la planta de Sorek, la última que comenzó a operar en Israel, en 2013, y la más grande del mundo, con la capacidad para generar 624 mil metros cúbicos de agua al día, suficientes para abastecer a más de un millón de personas, que requirió una inversión de unos US$ 400 millones.

El proceso para transformarla en agua potable se basa en la osmosis inversa -con la que, básicamente, el agua salada es impulsada por bombas de alta presión y pasa a través de unas membranas que separan la sal-, dura una hora desde el mar hasta la salida de la planta y toma dos horas más para estar disponible en cualquier ciudad.

“Todos los proyectos de desalinización son realizados con licitaciones y concesiones a 25 años con las empresas, por lo que la inversión para construir la planta viene del sector privado, y luego de esos años pasa a ser del Estado”, explica la gerente Tecnologías del Agua del Instituto de Exportaciones de Israel, Gal Goss.

También aclara que para países que tienen mayor disponibilidad de recursos hídricos, como el caso de Chile, aún es una inversión muy alta pensando en habilitarlas para el consumo humano, ya que se necesita instalar redes de tuberías para transportarla.

Reciclar y reutilizar

Así como los oasis verdes con plantaciones agrícolas parecen una alucinación en medio del desierto, los estanques o reservorios de agua, llenos hasta más de la mitad en pleno verano, con una cascada cayendo en forma constante, también lucen irreales, pero no. Hay unos 230 en total en Israel, los que almacenan unos 260 millones de metros cúbicos al año.

En su mayoría, esas aguas provienen de los baños, duchas y cocinas de las ciudades. También de las industrias. Existe una red de unos 70 kilómetros de enormes cañerías que pueden confundirse con una línea de metro o de tren, y que permiten transportarlas hasta la planta de tratamiento de aguas de Shafdan, la principal de Israel. Allí se procesan 120 millones de metros cúbicos al año hasta dejarlos en condiciones de volver a usarse para riego.

El productor Yigal Abtabi, en el desierto de Negev, quien utiliza esas aguas para regar sus granadas, cree que en otros países la reutilización no se ha incorporado por un factor cultural. “Hay un proceso psicológico largo detrás, de enseñar y hacer ver a la gente que no existe ningún riesgo al volver a usar aguas tratadas”, plantea.

En Israel, por el contrario, los agricultores la prefieren, porque al usar esas aguas han evitado enfrentar recortes en las épocas de sequía.

“Nosotros estamos capacitados para separar el agua de la basura y poder devolver agua de buena calidad, y esa es hoy la principal fuente del agua de riego en Israel. Creo que no podemos seguir haciendo las cosas de la misma manera, tenemos que enfrentar la realidad de la menor disponibilidad de agua en el mundo y ser capaces de dar soluciones”, afirma el director del Centro de Promoción de las Inversiones y Nuevas Tecnologías del Ministerio de Economía, Oded Distel.

Sin embargo, es una realidad que dista mucho de los países subdesarrollados, donde el 90% de las aguas se devuelven al mar y los ríos sin tratarse, y también de Chile, donde -aunque sí reciben tratamiento- el 12% vuelve al mar y el 88%, a ríos y otros cursos de agua.

Desde la Superintendencia de Servicios Sanitarios aclaran que hasta la fecha no existe una legislación en Chile que regule o promueva la reutilización directa de las aguas tratadas, ni que defina su propiedad, lo que ha limitado su desarrollo.

“En el caso de las descargas a cursos superficiales, en especial en zonas de escasez de recursos hídricos, dichas aguas son aprovechadas aguas abajo por distintos usuarios”, precisan en la entidad.

Regar con precisión

Netafim inventó el riego por goteo hace 50 años, y lo descubrieron por casualidad. Un video de la empresa cuenta que, un día, el ingeniero hidráulico Simcha Blass se dio cuenta de que uno de los árboles de la alameda para entrar a un campo era más vigoroso que el resto y que, justo al lado de la raíz, había una cañería rota, que goteaba constantemente.

Con esa idea, diseñó un tubo que funcionaba como gotero, entregando agua lentamente y lo fue a probar al kibbutz Hatzerim, en el desierto de Negev, en cultivos agrícolas donde la producción de esa temporada se duplicó. Decidieron compartir lo que descubrieron y, de paso, se transformaron en la mayor compañía de riego del mundo, con ventas anuales que hoy suman US$ 1.000 millones.

“Regar una planta y no el suelo es la base de nuestra tecnología”, aclara el gerente de sustentabilidad Nati Barak, y comenta que la principal competencia que tienen es el riego tendido.

Y hoy buscan ir por más. Ya no basta con incorporar nutrientes a través del riego, sino que las tecnologías que han desarrollado permiten conectar sensores que tienen instalados en el suelo y las plantas para que sus resultados lleguen hasta un computador que determina si se abren o cierran las válvulas de riego en forma automática, según las necesidades de esa especie.

“Ese es el tope de línea hoy. Se miden los distintos elementos, se pueden inyectar los nutrientes necesarios, el agricultor puede manejar todos esos datos. El agrónomo de una gran empresa productora de alimentos en Europa, que tiene cultivos de caña de azúcar en Brasil y Sudáfrica, por ejemplo, puede ver qué está ocurriendo en todo el campo”, explica.

En la startup SupPlant han ido por una línea parecida, pero aun más sofisticada, que apunta a la inteligencia artificial, donde un algoritmo analiza los datos que recogen distintos sensores en el suelo, las plantas y las frutas, para llegar hasta un servidor online que los transforma en indicaciones de riego.

“Esto es como el auto automático. Es el primer sistema a escala comercial que permite conseguir un sistema de riego completamente autónomo, donde las plantas se riegan a sí mismas. En el momento que lo necesitan, le hablan al sensor y reciben justo el agua que requieren”, explica en medio de un huerto de naranjas su fundador, Zohan Ben Ner, mientras muestra algunos sensores, que se instalan en una planta para unas dos a tres hectáreas, según las condiciones de cada campo.

Con este sistema, Ben Ner asegura que se puede ahorrar a lo menos un 20% de agua en cualquier país y tipo de cultivo y que, al mismo tiempo, los rendimientos pueden aumentar entre un 5% y 15%. Hace un año y medio vendieron el primer sistema a escala comercial en Israel y hoy ya están en 14 países, tanto en frutales como invernaderos y cultivos extensivos, con mil sistemas operando, donde el único requisito es contar con riego por goteo o por aspersión, al que próximamente sumarán los pivotes.

“La magia está en la inteligencia artificial. No estamos llevando un conocimiento prediseñado, sino que el algoritmo aprende de la planta cuál es la mejor manera de regarla. Y la habilidad de hablar con la planta en un lenguaje más profesional permite detectar patrones como el estrés u otros comportamientos, lo que también ayuda a trabajar en forma mucho más precisa con los agroquímicos”, agrega Zohan Ben Ner.

Si algo llega a fallar con los sensores, afirma que se han comprometido a repararlo dentro de 24 horas y que hay un plan B, un sistema de riego automático que funciona durante la reparación, pero que tampoco es una fórmula para deshacerse de los expertos. “Todavía no hemos encontrado una manera de reemplazar los ojos de un agricultor mirando un cultivo”, dice.

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